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[Casa de Campo]El Hambre [Abierto]

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[Casa de Campo]El Hambre [Abierto]

Mensaje por Cat el 18.05.16 14:18

Soy una de esas personas que se abstraen con lo que hacen. Sacan la punta de la lengua por la comisura de los labios, permanecen con una expresión estúpida durante horas en la cara. Esa es mi cara de concentración. Y mi concentración llega hasta tal punto que pasa los límites de la sana obsesión. En este caso, tenía que traducir un insufrible mamotreto, escrito con la misma pericia que el gran Julio César y su Guerra de las Galias. Gran por otras capacidades que no eran precisamente su capacidad literaria. El caso, es que tenía esa palabra en la punta de la lengua y estaba enfada conmigo misma porque no encontraba su par en la lengua castellana.  Me paseaba, furiosa de un lado a otro. En mi refugio. 

¡Ah, mi refugio! Poco más que un almacén de viejos libros, unos muebles roñosos y varios útiles que, para mí resultaban aún novedosos, pero podían ser catalogados como antigüedades o trastos viejos. Un lugar tan cargado de recuerdos como declarado ruinoso. Y lo cierto, es que, durante una temporada, ese estado me trajo sustento sin tener que emplear esfuerzo alguno, ni perder tiempo en el trámite. Pandas de golfillos y tunantes dedicados a las malas artes, adictos con una sangre amarga como la bilis...  A aquellos que, llegada la hora de la verdad, no tenían mal corazón les dejé vivir, tras haber cobrado mi tributo. Pero a aquellos malvados. ¡Ay de ellos! De alguno aún queda algún hueso por algún lugar. Supongo que lo encontraré el día que me decida a hacer de esta zahúrda un sitio como Dios manda. 

Me gusta decirme a mí misma que yo decido. Pero sé que me estoy mintiendo. Esta misma noche lo estoy haciendo, mientras paseo de un lugar a otro, dándole una patada a la montañita de ratas muertas, que he estado acumulando para no perder tiempo fuera. Pero son unas alimañas listas, igual que sus pares humanos, y han dejado de acudir. Noto los colmillos en la boca, paseo la lengua por su punta afilada y siento ese Hambre atroz, mucho peor que la que pude sentir cuando estaba completamente viva. 

Ya no puedo esperar más. Salgo del ruinoso edificio y caigo entre la muchedumbre que va de un lugar a otro, a vivir la noche. Debo tener un aspecto aterrador. Camino deprisa, muy deprisa, recitando para mis adentros los salmos y rezos del Libro de las Horas. Procuro no escuchar, no atender, ignorar lo que me rodea. Porque como preste atención voy a acabar con el primer desgraciado que llame mi atención. Y puede que no se lo merezca, aunque mi propia voz en la cabeza me susurra que todos se lo merecen. Esa voz encantadora es mi Bestia. Un cúmulo de  bajos instintos al que solo le importa que mate y coma. Si por Ella fuera desgarraría mis libros hasta convertirlos en polvo, sin importarle si es una guía de teléfonos o un códice medieval. Pero tenemos un acuerdo, creo. 

En cuanto mi pie pisa algo de verde, ese acuerdo se materializa. Me encorvo, dejo de caminar como una persona y me muevo entre las sombras de la Casa de Campo como un animal, saboreando el momento tras los troncos de los árboles, observando a las meretrices que se buscan la vida entre automóviles. Hay faros encendidos, inclinaciones, negociaciones, provocaciones obscenas. Ella quiere salir, quiere acabar con ellas y con ellos, los que serían tan divertidos de cazar, atrapados en esas latas con ruedas. Pero me obligo a buscar algo peor. Me muevo, acechando lo que se desenvuelve. Me acerco a los coches que se alejan, buscando intimidad. Olfateo el aire, y me quedo inmóvil entre las sombras, hecha un ovillo contra el suelo oscuro. Y espero, hasta que encuentro al adecuado. 

Podría asegurar que ha pasado más de un siglo. Los coches han ido y venido, y yo sigo allí, en una de las zonas favoritas para buscar intimidad. Pero dentro de la carcasa de metal sucede algo. Hay dos voces altas. Una discusión y luego, el sonido de unos golpes. Me acerco, casi a cuatro patas. Huelo la sangre y el miedo. Abro la puerta, sin contemplaciones me lanzo hacia el hombre, que tiene el puño levantado. Me agarro a él con toda mi fuerza, se debate conmigo por poco tiempo, el que tardo en clavarle los colmillos en la papada. Es asqueroso. Hiede a sudor, tabaco, alcohol y colonia barata. Pero en el momento en el que su sangre llena mi boca, nada más existe. Cuando acabo me digo que era un hombre malo. Que se lo merecía. Busco su dinero, lo sé, es algo deshonroso pero es ¡mi presa! ¡Tengo derecho a desvalijarle! ¡A hacer lo que quiera!

Ya me encuentro mucho mejor. Lo suficiente para darme cuenta que la chica va dando tumbos y grita. Salgo rápida a por ella, salto y la derribo, arrastrándola conmigo al suelo. Le tapo la boca, noto la sangre que brota de su nariz y de sus labios. Tiene la cara hinchada.  Quiero decirle algo, pero no lo hago. Vuelvo a beber. Un poco, solo un poco, no quiero matarla. Lo suficiente para que deje de gritar. Lo cierto, es que es una mala excusa para llenarme el buche. Cuando la noto lánguida decido parar. La arrastro algo más lejos de allí. El cabrón del coche no va a moverse, pero quiero que ella me responda algunas preguntas.
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Re: [Casa de Campo]El Hambre [Abierto]

Mensaje por Carlos Aranda el 20.05.16 3:37

Pasaban unos minutos de la medianoche cuando Carlos bajó del automóvil y, tras las inevitables instrucciones al conductor quedó frente a una de las entradas a la Casa de Campo, naturalmente casi vacía a aquellas horas. Al llegar allí observó que, como era de esperar, el acceso estaba cerrado, pero aquello era solo en apariencia y no tuvo más que empujar hacia dentro para que el hierro, chirriando, se desplazase y le permitiese entrar en el recinto, lo que hizo de inmediato. Volvió a entornarlas tal y como las encontró y y bajó por el sendero dejandolas atrás junto con ell todavía bullicio de la ciudad, adentrándose en el parque.
 
El silencio acudió ciñéndose sobre él como una sombra, cuando se proyectaban en el aire, en la piel y en los huesos todas las demás penumbras. Las hojas se movían acariciadas por una fría brisa que provenía de algún sitio en el medio de la sierra, las plantas agitadas en una extraña danza mientras los pasos del Cainita le conducían a jardín traviesa en la dirección deseada. En otro momento, era cierto, hubiese apreciado como se merecía toda aquella disposición de la naturaleza, con el placer con que lo había hecho siempre y sobre todo desde que le fuera vedada la luz del sol.
 
Todo aquello le invocaba tranquilidad, paz, y podía perderse en sus confines bajo las estrellas pero ahora, la mente que brillaba por su ausencia –o por su hiperactividad, llegaba un momento de saturación que era imposible saberlo– estaba demasiado lejos para detenerse en lo que antaño le había hecho pararse y observar, sentir, apreciar. Había demasiadas palabras que el silencio a su alrededor susurraba en sus oídos, demasiadas voces, o quizás eran pocas, aún cuando el eco de ellas fuese tan ensordecedor. El aroma a verde, a rincones de belleza y sosiego, el goteo de una pequeña cascada más allá, todos estos pequeños estímulos que no lograban abstraerle de sí mismo. Aún sentía la dureza presionando desde el interior, mantenido a presión los pedazos unidos, conducidos hacia un objetivo específico e inviolable. Estaba seguro que lo sentiría durante un tiempo largo, o todo el resto de su existencia, quizás. Extendió una mano y dejó que los bordes de las hojas acariciaran su mano desnuda, privada del guante.
 
Las hojas hacían cosquillas en una piel que ya no volvería a sentirlas, que sólo a través de la mente podría hacerlo. Ahora se encontraba frente a su destino, el lugar que había venido a buscar -no, no él, sus pasos le llevaron involuntariamente allí- y la puerta abierta le hizo sentir un acceso de gratitud extraño, reconociendo al destino aquella circunstancia. Aceleró el paso y casi se llevó por delante al gato que salió disparado desde el interior y que, reconociéndole como depredador, le soltó un bufido. Cruzó la poca distancia que le quedaba hacia la puerta, y entró. Sus pasos se clavaron, ahora, en el suelo rígido. No lo hizo de modo sigiloso sino todo lo contrario. Que todos los gatos de Madrid salieran a escape, si lo creían necesario, por lo que a él le importaba en aquel momento.
 
Era un auténtico cubo de cristal, una catedral en las postrimerías del siglo XX: pero la pesadez de las piedras había desaparecido dejando paso a la livianidad del cristal. Ahí estaban los arcos y las vitrinas –todo eran vitrinas, a su manera- sin arbotantes ni contrafuertes ni misteriosas claves de bóvedas. Carlos estaba seguro de que durante el día, o al atardecer, o al amanecer, debía ser un espectáculo ver los rayos del sol filtrándose desde el cielo, atravesando las nubes hasta llegar al suelo. Una verdadera lástima no haber visto aquel recinto más que abrazado por la oscuridad de la noche, pero tampoco iba a quejarse por ello, pues a cambio había visto otras cosas durante muchos años.
 
Paseaba por la sala principal cuando hasta sus oídos llegaron unos pequeños chillidos que en aquel momento no supo identificar. Grillos no iban a ser, no en aquella época del año. ¿Murciélagos? Poco sabía de la fauna que poblaba la Casa de Campo. Pero el bufido que escuchó le dio la pista definitiva y, en efecto, en un rincón descubrió una masa negra que se desveló como una gata y tres crías, fuente de los chillidos. Por el tamaño y los ojos cerrados, bien apretados, debían de ser recién nacidos. Y por los ronrorenos –alternados con bufidos de advertencia dirigidos a él- aquello no era todo, la gata se encontraba en pleno proceso de parir su camada.
 
- ¿Y aquel valiente es el padre? –recordó al gato que había salido de estampía cuando él llegó. – Como los humanos... – o los Vampiros, si mediaba la cuestión de la supervivencia. Pero esperaba más de los animales.
 
Retrocedió unos pasos, tampoco quería molestarla. La hembra, como las de cualquier especie, había buscado un lugar adecuado para traer al mundo sus crías, y de esto si estaba seguro, lucharía con uñas y dientes para defenderlas hasta que pudieran valerse por si mismas. ¿Haría una Sire lo mismo por su Neonato recién abrazado? Se dirigó hacia la salida por el lado opuesto, envuelto en las tinieblas de la noche y alejándose de cualquier fuente de luz. La oscuridad era tan… plácida, tan confortable. Desandaba los pasos, de vuelta a la civilización y las deshumanidad.
 
Entonces vió la escena o parte de ella. Desde el  coche le llegaba el bien conocido aroma de la sangre que inundaba sus fosas nasales. Un muerto o al borde de la muerte, desde su posición no podía saberlo. Luego la puta saliendo, gritando, y una mujer cayendo sobre ella, bebiendo, arrastrándola. Joder, otra que va por ahí desangrando a lo loco.
 
- ¡Eh, tía! - gritó mientras encendía un cigarrillo, su rostro iluminándose durante uns segundos. - Al menos ocúpate de limpiar lo que ensucias - dijo señalando el coche con el cadaver y la propia chica. - ¿De que manada eres? - Ya se veía que tendría que hablar con alguien de esa manada para que fueran más cuidadosos. Calada tras calada se fue acercando a ella.
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Carlos Aranda


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Re: [Casa de Campo]El Hambre [Abierto]

Mensaje por Cat el 20.05.16 10:57

Apenas me llegó la voz me quedé inmóvil, agazapada junto a mi presa.  Observando la figura oscura de la que provenía la voz. Sentí una gran ira y la necesidad imperiosa de arrancarle la cabeza a quien me molestaba, quizás para arrebatarme la presa. ¡Maldita fuera mi estampa! ¿Es que no se podía cenar tranquila en este infierno? Ni que fuera el maldito San Isidro y su pradera llena de domingueros. No dije nada.

Nadie es razonable con el estómago vacío, pero yo, a esas alturas tenía la panza bien llena. Así que luego, lo que sentí es un calor en las mejillas que me hizo sentir avergonzada de mi actitud. Pero ese calor no era el rubor que me hubiera gustado tener, era la sangre del cabrón y de esta desgraciada dándome vida. Conseguí reponerme así de la molestia, y preocuparme de otras cosas. Como valorar si estaba solo o no, y si venía con ganas de "cachondeo". Entiéndase, con ganas de divertirse a costa ajena.

Tapé la boca a la muchacha, y le susurré al oído. Más le valía dejarse languidecer un rato entre los arbustos y no decir esta boca es mía. No me hubiera gustado tener que matarla. Al fin y al cabo, a su oficio no se llega por gusto,al menos, las que están a pie de esquina. Como fémina me resultaba imposible no solidarizarme con ella. ¿Qué mujer no ha padecido el ser objeto de la lujuria ajena?

- Disculpe, caballero. - dije, poniéndome en pie. Me arreglé un poco el vestido. La gabardina aún no estaba tan roñosa y pensé, que una buena capa todo lo tapa. - Pero no se puede reprochar a quien tiene el postre en la boca que se ha olvidado la mesa puesta.  

Y desde luego, no pensaba abandonar el coche. ¡Ahora iba a tener coche! ¡Un coche! ¡Con las llaves puestas! Podría ir a tantos sitios en esa máquina maravillosa.
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Cat


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Re: [Casa de Campo]El Hambre [Abierto]

Mensaje por Carlos Aranda el 21.05.16 14:18

Aún desde lejos era perceptible la rabia, la ira de aquella mujer, la Bestia a punto de tomar las riendas o dejándose llevar por ella. Cabalgarla. Si fuera esto último, Carlos no hubiese dudado en aplaudirla - tras ponerse a la defensiva-. Acciones como esta eran las que les diferenciaban de los jodidos meapilas de la Torre: cabalgar la Bestia, ser parte de ella pues en verdad formaban un solo ser. Así como los humanos eran cuerpo y alma, materia y espíritu, los Cainitas eran depredadores encerrados en aquellas carcasas que les recordaban sus días de mortales.
 
De pronto la chica habló y el Lasombra la aplaudió en su mente. Bien por ella, no solo la había dominado sino que además elaboraba una respuesta graciosa y elegante, dándole un ¡ZAS! en toda la boca. Ahora, si, aplaudió palmeando las manos, tres veces, despacio.
 
- Perfecto. Un diez para la señorita - sus manos regresaron a los bolsillos del abrigo - Si es así retiro mi acusación pero no presentaré todavía mis excusas, pues tampoco es de recibo ir comiendo, o probando cada plato, en diferentes habitaciones. Muy hambrienta debía estar usted - prosiguió el Lasombra - para descuidarse de tal modo. Pero es verdad que cuando el Hambre aprieta…  
 
Tras hablar, de un modo que en nada hacía suponer un ataque o una amenaza, se acercó hacia la mujer despacio, sin llegar a invadir su espacio, y con un gesto de la cabeza que señaló hacia el coche volvió a hablar.
 
- No recuerdo haberte visto antes por aquí, aunque no hace mucho no puede decirse que mi estancia en la Villa y Corte haya sido prolongada. Andaba siempre por ahí. ¿Necesitas ayuda para deshacerte de ese? - volvió a señalar al del coche para luego volverse a la chica con el brazo extendido, ofreciendo la mano. - Carlos Aranda. Lasombra.
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Re: [Casa de Campo]El Hambre [Abierto]

Mensaje por Cat el 23.05.16 12:10

Soy de natural desconfiado. ¡Qué le vamos a hacer! Así que observé con reticencias los movimientos de sus manos. Al menos, hasta que supe cuál era su linaje y lo último que me preocupó fue lo que ocultara en sus bolsillos. Más bien, la oscuridad a mi alrededor comenzó a parecerme más densa, más incómoda, como si ya la notara cuajarse. Pero eso no sucedía, además, era algo que escapaba a mi control  ¿Qué hice? Relajarme y estrecharle la mano. Y es que uno no puede intentar controlarlo todo. Ese es el camino más rápido a perder la sesera. Al menos, eso es lo que me ha enseñado a mí el tiempo, y también que no hay Gangrel que pueda sentirse inseguro con tierra bajo sus pies. 

-Catalina Aguirre- me presenté-. Aunque parece que mi nombre es largo y me lo han dejado reducido a tres letras; Cat, la bibliotecaria. Un placer, señor Aranda. 

Oculté deliberadamente el nombre de mi linaje. Siempre lo hago. Por una sencilla razón. Prefiero que me conozcan antes de que me cuelguen el sambenito de ser un animal, alguna especie de bestia apenas contenida en este recipiente, con poco entre las sienes y mucho instinto, que llevar por el camino que quieren. Pero yo no soy así. 

-Por un momento, me había preocupado usted. Creía que había decidido hacer mi picnic en un lugar inapropiado. - Sí, y bien que remarqué la palabra picnic, para dejarle ver más allá de mi agradable sonrisa que no cedía a sus habitaciones ni sus requerimientos-. Pero, afortunadamente, estamos en una ciudad libre, ¿verdad? 

Me quedé mirándole. Intentaba observar sus reacciones, sus intenciones, pero la tenue luz del cigarrillo no era lo que necesitaba. Podía ver como si fuera a plena luz del día, para ello, apenas si tenía que invertir un poco de concentración y una pizca de sangre. Pero no lo hice. Al mismo tiempo, estaba pensando en la muchacha. Abandonarla en un parque en un estado tan vulnerable no era algo que deseara. No sé qué podía hacer. A veces, hago estupideces. Casi siempre salen mal.

- No puedo aceptar su ayuda. Le pido disculpas, no quiero parecer grosera, pero me resulta imposible quedar en deuda con usted. Lo que sí puedo aceptar es su compañía, si no le importan los toscos medios que tengo a mi alcance y desea un poco de conversación.

¿He dicho ya que soy idiota? Tomé a la muchacha en brazos.

-Entonces, ¿es usted viajero? A mí también me encanta viajar. Aunque este es mi hogar desde hace mucho, mucho tiempo...
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Re: [Casa de Campo]El Hambre [Abierto]

Mensaje por Carlos Aranda el 23.05.16 22:02

Carlos tomó la mano y la estrechó con la firmeza apropiada para que no lo tomaran por un filfas, pero tampoco causara daño al otro, pero negó con la cabeza.
 
- ¿Un nombre largo? En absoluto para mi, yo lo encuentro encantador. Sonoro, contundente y hermoso. Sin embargo entiendo que en estos tiempos lo parezcan y se acorte, una costumbre que, en lo personal, poco me agrada, máxime cuando lleva ustedes un nombre bonito que portaron muchas reinas - no se le había pasado que tras el nombre ocultó su clan, otra costumbre que tampoco le agradaba. - Pero ¡bibliotecaria! Hermosa y digna profesión, pocas hay que pueden superarla. ¿Y donde se encuentra su biblioteca, Catalina? En cuanto a su picnic…
 
Miró a su alrededor con tranquilidad y se encogió ampliamente de hombros.
 
- Digamos que ha tenido suerte y que su acto no ha contado con espectadores de ningún tipo… hasta donde yo sé. Bien, a excepción de un servidor - dijo torciendo los labios en una sonrisa un tanto sarcástica, por la que era conocido - ¿Es esta una ciudad libre? Me pregunto que quiere decir con ello, querida - el cigarrillo, sujeto entre los dedos pulgar y corazón, salió despedido hacia la carretera
 
- Madrid no es Barcelona, una ciudad… “independiente” que no pertenece a ninguna secta - desde luego no le iba a dar el crédito de pertenencia a la Camarilla - Y no se preocupe, le ofrecía mi ayuda, ¿cómo decirlo? ¿de forma altruista? - pasaba por allí y no le apetecía regresar a su refugio y embarcarse en alguna tarea. - No soy un Ventrue. Pero ya que acepta mi compañía…
 
Aquella chica lo suficientemente misteriosa como para atraerle su conversación, y lo justamente educada para atraerle su compañía.
 
- Me había dado la impresión de que era usted extranjera. Si este es su territorio, debo disculparme pues he interferido donde no debía - vaya, lo suyo era un resbalón y de los largos - En cuanto a ser viajero… lo he sido durante muchísimos años, pero en realidad nací cerca de aquí, en Aranjuez. Ahora busco algo de estabilidad, de permanencia. Lo que no quiere decir que en cualquier momento vuelva a hacer la maleta. ¿Es su caso?
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Carlos Aranda


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Re: [Casa de Campo]El Hambre [Abierto]

Mensaje por Cat el 18.07.16 9:31

Contemplarlo era como contemplar todas esas posibilidades que jamás pude tener. Aparentaba haber tenido una vida plena antes de haberse convertido en... esto. No puedo evitarlo. Tengo el corazón amargo de envidia. De los que vivieron más que yo, de los que pudieron tener hijos y una vida normal. No es nada que yo pueda controlar, simplemente, está ahí, pero procuro que se me pase. La amargura mata, es un veneno lento que acaba contigo desde el alma, si es que me queda algo de eso. 

- En cuanto a mi picnic no he incumplido ninguna ley que yo sepa. Lo de mi "profesión", es solo un apodo. 

Sonreí, dispuesta a darme la vuelta con aquella pobre desgraciada desmadejada entre mis brazos. Estas chicas de hoy día tienen la mala costumbre de crecer demasiado. En mis tiempos de juventud estas patas largas les hubieran quitado pretendientes, pero, ¿qué hacía yo pensando en eso ahora? Saqué la cabeza por encima del hombro de la chica desmayada, amplié la sonrisa, y dejé que el caballero viera que me resultaba incómoda. 

- Si quiere saber más de a qué me dedico, ¿qué tal si me echa una mano? Charlaremos por el camino. Acepto esa ayuda desprendida suya. 

¡Ja! Extranjera, ¿extranjera yo? Bueno, si se miraba desde cierto punto de vista suponía que sí. 

- Un caballero de Aranjuez - me dije en voz baja-. Viajo por muchos motivos.Por mi profesión, por comodidad y por supervivencia.  Pasé mucho tiempo en las Américas. Un lugar grandioso, lleno de oportunidades, una naturaleza impresionante y con gente muy amante de los libros.
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Re: [Casa de Campo]El Hambre [Abierto]

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